DE NUEVO AL MONTE

Como cada domingo, Manuel se levantó a las siete para poder contemplar desde la ventana de su cocina el amanecer y las montañas de aquel precioso valle donde vivía.

cafeteraSentado en una silla y con los codos apoyados en la mesa junto a la ventana donde desayunaba cada mañana esperaba a que saliese el café de la vieja cafetera italiana.

Hundido, desesperanzado y solo. Así estaba Manuel, quien perdió a su mujer por no poder pagar su operación y a su hija, asesinada junto a otros compañeros de la facultad por las fuerzas del orden. Adrián, su otro hijo, emigró a Bélgica aunque no volvió a tener noticias suyas. Probablemente es que también muriese al cruzar la frontera.

Solamente tenía un amigo en la villa, Alejandro. El mismo que salvó su vida tras declarar ante el Tribunal de Seguridad Ciudadana. El mismo que juró por su vida que Manuel estaba con él durante el asalto de “los del monte” a la casa del alcalde don Vicente, una acción necesaria para proporcionar comida a dos familias muy pobres de la localidad.

Manuel no estuvo allí, pero sí participó en su preparación. Debió ser algún chivatazo, pero el caso es que Alejandro evitó la muerte de su amigo gracias a que era el contable personal del alcalde, un auténtico cacique que controlaba cada movimiento en aquel pueblo y que había ordenado la muerte de más de doscientas personas.

La situación económica era caótica y la represión estaba al orden del día. Desapariciones, palizas, interrogatorios y juicios precocinados eran prácticas cotidianas. Los derechos sociales eran historia.

Manuel, miembro del Partido de los Trabajadores, destacado por sus aportaciones teóricas más que prácticas, fue el profesor durante años de la formación de los militantes en la clandestinidad. Bajo el pseudónimo de Martín Giménez, llegó a ser considerado uno de los principales disidentes del régimen.

Pero Manuel Belmonte era un trabajador más de correos, un funcionario de esos que pasan desapercibidos aunque muy querido por los compañeros y compañeras que le quedaban después de aquella fatídica guerra.

OLYMPUS DIGITAL CAMERATras las desapariciones de su mujer y su hija, dedicó cada hora a elaborar materiales de formación, económica principalmente, para que la resistencia estuviese preparada ante una esperada e hipotética toma del poder. Unos materiales, que cada domingo eran recogidos por Elisabeth, la hija de Alejandro, punto de enlace con la guerrilla. Ésta se desenvolvía con gran facilidad por los caminos del monte, engañando a cualquier guardia con la excusa de tener que llevar a su abuela a misa, en la aldea de Aguandón, situada detrás del valle. De esta manera, hacía una parada en un aljibe para lavarse la cara y aprovechar el momento para dejar aquellos viejos folios llenos de anotaciones bajo una piedra.

Lamentablemente, esa mañana de domingo, el plan no salió como esperaban. Tres soldados esperaban alrededor del aljibe a la joven. Llevaban varias semanas siguiéndola pero sin pruebas. En el momento que depositaba los papeles se abalanzaron sobre ella, la esposaron y a pesar de su resistencia, la llevaron a rastras hasta un viejo furgón escondido a unos 400 metros.

Mientras tanto Manuel recordaba a sus seres queridos frente a la ventana, con el paladar impregnado de aquel fuerte café y con la nostalgia inserta en su pensamiento. Se hacía tarde para acudir a Misa de diez, obligatoria desde que ocupó el Ministerio de Seguridad de  Julián Gutiérrez, fabricante de armas y de sobra conocico por sus posiciones ultra católicas.

A punto de llegar a la Iglesia observó el furgón que paraba delante del Ayuntamiento. Ralentizando el paso para poder ver que ocurría, observó cómo dos soldados llevaban a Elisabeth esposada y amordazada con el rostro ensangrentado y las piernas flojeándole.

Manuel entró con toda normalidad a la iglesia tratando de no levantar sospechas durante al menos las primeras horas y así elaborar un plan de rescate posteriormente con su amigo.

Una vez en aquel renovado y lujoso templo, se sentó esperando a que pasase el acto religioso para poder comunicarle a su amigo, exento de la asistencia obligatoria a misa, lo que acababa de ver.

Pero cuando el cura se disponía a realizar el Acto penitencial, don Vicente, rodeado por sus hombres de confianza, interrumpió la misa andando por la iglesia con paso desafiante y levantando la voz:

alcalde– Sí, Padre Javier, toca pedir perdón. Pero a unos más que a otros. Hoy nuestros hombres han apresado a una zorra en el monte. Una zorra despreciable, capaz de traicionar a su Patria y hasta al mismísimo padre.

Hoy, como muestra de nuestra fe y apuesta por el perdón, daremos una oportunidad a una traidora para que confiese sus pecados.

Sin más, que transcurra con total normalidad esta ceremonia.

En ese momento aparecen dos guardias arrastrando a Elisabeth hasta dejarla frente al Altar, tendida en el suelo y prácticamente sin moverse debido a la paliza que le acababan de dar. Allí, ensangrentada y abriendo con gran dificultad los ojos, pudo ver a Manuel, a quién le brotaban las lágrimas de impotencia.

Elisabeth articuló como pudo una pequeña sonrisa a su camarada. Rápidamente Manuel entendió que no podía quedarse quieto si no quería verla morir. Empezó a toser voluntariamente simulando un ataque asmático. Su tos logró captar la atención del párroco que interrumpió la misa.

– ¿Estás bien hijo mío?

Antes de que pudiese responder Manuel, don Vicente se le adelantó gritando:

-¡Guardias, dejen salir a este imbécil para que le vea un médico y no vuelva a interrumpir!

Los guardias dejaron salir a Manuel, que seguía tosiendo. Una vez giró la primera esquina empezó a correr hacia casa de Alejandro.

Cinco minutos tardó en llegar. Alejandro, notó el miedo en el rostro de Manuel.

-¿Qué te pasa querido amigo?

-Tu hija, camarada.

-¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está?

-En la Iglesia apresada. – Respondió sofocado Manuel.- La habrán cogido en pleno monte. No he podido hacer nada. Está tendida en el suelo. Tenemos que prepararnos pues no tardarán mucho en salir de misa y venir a comunicarte lo sucedido.

 

Poco después en la Iglesia, el cura daba su bendición a los presentes y todos esperaban a que hablase el Alcalde, quien a paso lento se dirigía hacía Elisabeth.

-¿Vas a confesar, hija de satanás? –Dijo el Alcalde al mismo tiempo que se daba cuenta de que Elisabeth no podía ni abrir la boca por el estado en el que la habían dejado.

-Bueno, bueno…-prosiguió- tendremos que llevarte a casa para que tu padre vea la hija que tiene. ¡Pobre hombre, qué disgusto se llevará! ¿Qué necesidad tenías de hacerle esto? ¿Es que no vivías bien así?

-¿Qué hacemos señor? –preguntó el sargento.

-¡Cogedla y vamos a llevársela a su padre! ¿Y vosotros qué miráis? ¡Todos fuera de la Iglesia! ¡A casa, bastardos!

Los asistentes salieron rápidamente hacia sus hogares.

maquis11Minutos después, el Alcalde y cuatro de sus hombres se dirigían a casa de Alejandro. Detrás de ellos, un par de soldados llevaban en una camilla a Elisabeth en estado seminconsciente.

-¡Abre la puerta, Alejandro! –gritó el alcalde.

Casi un minuto después, Alejandro abrió la puerta, y disimulando muy bien, dirigió lentamente la mirada hacia la camilla en la que se encontraba su hija.

-¡Hija mía! –Dijo Alejandro corriendo hacia ella- ¿Qué le ha pasado? ¿Qué ha ocurrido? –preguntaba nervioso entre lágrimas.

-Nuestros guardias la han pillado pasando documentos de la resistencia. –respondió el alcalde.

-No puede ser. Ella nunca me haría eso. Dejen que un médico la atienda. ¡Llamen al doctor Torregrosa, por favor!

-Está bien. ¡Traigan al médico! Dejaremos que se recupere y la interrogaremos cuando pueda volver a hablar. La dejaremos en casa vigilada por dos guardias las 24 horas del día. No le faltará asistencia médica.

-Gracias alcalde. Siento mucho lo ocurrido. Estoy seguro que tendrá una explicación.

 

Pasaron seis días hasta que Elisabeth pudo volver a hablar y andar (aunque lentamente), pero no podía hablar libremente con su padre debido a la presencia de los guardias. Por ello, Alejandro aprovechó una de sus escasas salidas de casa para pasar por casa Manuel, quien estaba a la espera de cualquier novedad.

Una vez en casa del compañero, Alejandro le dijo:

-Ha llegado el momento, no tardarán en venir a interrogarla el alcalde y sus secuaces. Prepárate. No tenemos otra salida.

-Estoy listo. ¿Podrá andar tu hija?

-Sí, aunque no correr.

-Ahora dime, cuándo y cómo he de entrar en tu casa.

-Verás. El cambio de guardia es a las ocho de la mañana. Así que tendrás que saltar la tapia del corral y una vez dentro, entrar al sótano secreto por la trampilla que hay al lado del pozo. Yo distraeré a los guardias. Desde el sótano podrás ver perfectamente todo lo que ocurra en el salón. Bueno, tú ya conoces de sobra aquello. No hace falta que te diga más.

-Por supuesto.

-Mañana a las 7’55 tendrás que estar preparado. No podemos fallar.

-Allí estaré. ¡Salud!

-¡Salud camarada!

 

Aprovechando la oscuridad de la noche, Manuel se dirigió a través de los campos hasta encontrarse a la altura de la casa de Alejandro. Allí esperó hasta la hora indicada. En el preciso momento del cambio de guardia, saltó y corrió rápidamente a abrir la trampilla y bajar hasta el sótano.

Allí tenía comida, bebida, mantas y por supuesto tres kalashnikov y cuatro pistolas con abundante munición y cuatro granadas de mano.

Dos días tuvo que esperar hasta que uno de los guardias que acababan de entrar a las 16 horas le comunicase a Alejandro y a Elisabeth que en unas horas, el Alcalde y el Juez del Tribunal de Seguridad Ciudadana de la Comarca llegarían al domicilio para esclarecer todo lo ocurrido.

maquiManuel preparó una mochila con el armamento necesario y con un kalashnikov en mano.

Casi cuatro horas después, ya de noche, llegaron don Vicente y el Juez escoltados por cuatro guardias.

En la mesa del salón se sentaron en un lado el alcalde y el Juez. En el otro Elisabeth y su padre. Por su parte, los dos guardias de vigilancia y la guardia personal del alcalde se sentaron como si del público de un juicio se tratase, justo detrás de sus jefes.

-Bien – dijo el alcalde-. Llegó la hora de que nos cuentes todo lo que sabes.

Cuando se disponía a hablar Elisabeth, apareció Manuel disparando a los guardias al tiempo que Alejandro y su hija se apresuraron a tirarse al suelo dejando al descubierto al Alcalde y el Juez, que serían alcanzados por las balas rápidamente.

No tuvieron tiempo a reaccionar. Habían conseguido matar al cacique del pueblo que tanto dolor había causado y a su perro faldero, el Juez.

Era la hora de huir. El monte les esperaba impregnado de jóvenes sobreviviendo mientras se preparan para la Revolución.

En el furgón que dejaron aparcado fuera los guardias del Alcalde salieron en dirección hacia el monte, llegando quince minutos después al punto donde debía acudir cualquier apoyo en caso de peligro. Allí les recibieron dos compañeras casi dos horas después.

 

moyaEsa noche, muchos de los vecinos y vecinas celebraron en silencio la muerte del Alcalde. Elisabeth, con lágrimas en los ojos y abrazada a su padre, dejaba atrás la pesadilla que había vivido.

Manuel Belmonte consiguió salvar a la hija de su amigo y acabar con los responsables de la muerte de centenares de personas. Esa misma noche se convirtió para siempre en el temido Martín Giménez. Dejó de ser ciudadano para ser guerrillero, a la espera de la Revolución.

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